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Sea la luz

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz (Génesis 1:3).

Hace mucho tiempo, los hebreos, el pueblo de Dios, tenían la firme idea de que el hombre es un mundo en miniatura. Que así como Dios creó el universo, la belleza del mar, la majestuosidad de las montañas, el mismo Creador continuaba su obra en todos aquellos que creen en Él. Sin embargo, ellos también reconocían que el hombre, la creación más preciada para Dios, se había corrompido por causa del pecado y la desobediencia. Y desde entonces, aquella hermosa creación había quedado en una ruina y destrucción total.

El hombre tiene un mundo en su interior. Y este mundo interior moldea y determina el mundo exterior. Ese mundo interior, es el corazón.

Cuando leemos la Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, aprendemos que todos aquellos que se encontraron con Dios fueron cambiados y bendecidos. Abraham, Jacob y José, personajes bíblicos, experimentaron grandes transformaciones y llegaron a disfrutar de la bendición celestial.

La obra de Dios, en la vida de una persona, comienza trayendo luz a su vida. Es decir, Dios no comienza en ningún otro lugar sino en el corazón y mediante su santa luz.

Y esa es luz es Jesucristo: "Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo" (Juan 1:9). Por eso, para tener un encuentro con Dios, primero debemos tener un encuentro con Jesucristo.

Las tinieblas, el vacío y el desorden serán echados fuera cuando la luz de Dios tenga lugar en nuestra vida.

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