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Dios me ama

Actualizado: 11 feb 2020

"Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia" (Jeremías 31:3).

Hay un viejo dicho que dice: “El amor es lo que mueve al mundo”. En cierto sentido, esto es verdad. No solo mueve al mundo, sino hace que el mundo se mueva bien y funcione bien.

Nadie puede vivir plenamente si no es amado, querido y apreciado. Desde la infancia hasta la madurez, el hombre necesita experimentar el amor. Todos tienen la necesidad de ser apreciados y queridos.

En pocas palabras, el amor le da sabor a la vida y nos mantiene en forma para que no nos rindamos ante las presiones y exigencias de la vida. El amor nos hace fuertes y valientes.

He descubierto que las personas que han recibido amor y afecto, pueden amar a los demás con facilidad. Tales personas son propensas a tener fe y esperanza, tienden a llevarse bien con otras personas y sus relaciones son fuertes y profundas. En otras palabras, el amor hace salir lo mejor de las personas.

El amor, y todas sus manifestaciones, son un ingrediente básico para una vida feliz y plena. Por eso, no es extraño que todos lo procuren y lo busquen.


No obstante, hay muchas personas solitarias y carentes de amor. Muchos, a lo largo de su vida, han experimentado el abandono, la soledad, la depresión, la amargura, precisamente porque el amor estuvo ausente.


Debido a que el amor es algo tan importante en la vida, no podemos prescindir de él. Si nuestra necesidad de ser amados y de amar no es satisfecha, es posible que lleguemos a desarrollar actitudes y comportamientos que afectarán nuestra personalidad entera.

Por ejemplo, cuando una persona no recibe amor se vuelve desconfiada en sus relaciones personales. Siempre está sospechando de otros: “¿No me irán a traicionar? ¿No estarán actuando a mis espaldas? ¿Y si me abandonan y me cambian por otra persona mejor que yo?”


Además, por falta de amor, se desarrollan los celos y las envidias. Los celos no surgende la nada. Provienen de la falta de amor. La persona que no se siente amada siempre se estará comparando con los demás. Mira con tristeza cómo otros reciben lo que ella siempre ha anhelado, y así surgen las envidias.


Por otro lado, quienes no han recibido amor tienden a deprimirse con facilidad. Se sienten vacíos, sin sentido, como si la vida no tuviera ningún significado, y por eso se dañan a sí mismas y se autodestruyen. Otra manera de decirlo es que, la persona que no ha recibido amor, se vuelve negativa y resentida con la vida.


Cuando no hay amor, los síntomas sobresalen. La desconfianza, los celos, la incapacidad de amar a otros, conductas autodestructivas, agresividad, carencia de confianza en uno mismo, todo esto es el resultado de la falta de amor. Ciertamente, el precio de no haber sido amado es muy alto.


Debemos saber que Dios nos creó para ser amados y amar. Por lo tanto, el amor y el afecto son el combustible de la vida. El amor es una fuerza explosiva que nos hace superar la desconfianza, los celos y la depresión.

Desafortunadamente, todos hemos experimentado alguna vez la carencia de este preciado don del amor. Y aunque lo hayamos recibido, el amor humano es limitado en relación a nuestra profunda necesidad de ser amados.


Pero hay un amor que es mayor. Un amor más grande que todos los demás. Se trata del amor de Dios. Un amor eterno e incondicional, que se manifestó cuando el Hijo de Dios subió la cuesta empinada del monte Gólgota para ofrendar su vida en rescate por la humanidad.


Se le dio a Jeremías un mensaje de parte de Dios para toda la humanidad. Este mensaje se encuentra en Jeremías 31:3 y dice así: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”. El amor celestial es un amor eterno.


Se dice que, cuando el gran explorador Nansen trató de medir la profundidad del océano en el lejano norte, utilizó una larga cuerda. El explorador se dio cuenta de que la cuerda no llegaba al fondo y aquel día escribió en su diario lo siguiente: “Más profundo todavía”.


Al siguiente día, repitió la operación con una cuerda más larga y volvió a escribir: “Más profundo todavía”. Varias veces más lo intentó, pero en ningún caso logró llegar al fondo.


Por último, unió todas las cuerdas, pero se vio obligado a escribir nuevamente en su diario: “Más profundo todavía”. Nansen tuvo que marcharse sin conocer la profundidad del océano en aquel punto, solamente con la seguridad de que era mucho más profundo de lo que él podía medir.


Algo similar sucede con el amor de Dios. Se trata de un amor que sobrepasa todo entendimiento. La mente humana no puede sondear el amor de Dios.

Podemos saber cuánto nos aman nuestros padres o nuestros hijos. Podemos sentir el amor de un hermano o una hermana. Incluso podemos medir el amor de un esposo hacia su esposa o el amor de un soldado hacia su país.


Pero en todos los casos, el instrumento de medición resultaría corto para medir el amor del Dios Eterno. Aunque entrelazáramos como una soga el amor de toda la humanidad, no podríamos nunca medir el amor de Cristo por nosotros. Solo nos quedaría decir como Nansen: “Más profundo todavía”.


El amor de Dios es diferente al nuestro, es constante, continuo y eternamente digno de confianza. Esto es así porque el amor de Dios se basa en su propio carácter. Dios ama porque Él mismo es el amor. 1 Juan 4:8 resume lo anterior de esta forma: “Dios es amor”.


Dios nunca nos deja en duda en cuanto al amor que tiene por nosotros. Lo recalca en casi todas las páginas de la Biblia. Cuando leemos su Palabra, nos dice que somos el objeto de su amor.


En una página nos dice que nos ama. Pasamos la página y en la siguiente nos lo dice otra vez. Y luego, otra y otra vez. Romanos 5:8 dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Después, nos dice en Juan 14:21: “el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él”.


Hermanos, ustedes son amados por Dios. Aunque no hayan recibido el amor de sus padres, sus hermanos, sus amigos, y aunque el mundo les rechace, Dios les ha amado por medio de Cristo.

De modo que pueden ser libres de toda amargura e infelicidad porque tienen el amor del Cielo en sus vidas. No se sientan más desterrados ni olvidados. Dios les ama. Ese es el mensaje del Evangelio.


Antes de terminar con esta meditación, quiero compartirle un testimonio que ha impactado mi vida. Se trata de la historia de George Matheson. Después de estudiar en una prestigiosa universidad se comprometió con una bella joven.

Pero antes de la boda, Matheson enfermó seriamente y los médicos le pronosticaron que con el tiempo perdería la vista. Inmediatamente, pensó en su prometida.

Él no creía justo que ella se casara con él sin primero saber de su condición. Así que le propuso romper el compromiso con la esperanza de que ella decidiera voluntariamente quedarse a su lado.


Sin embargo, cuando la joven recibió la noticia, decidió romper su compromiso con Matheson. Lo dejó y se fue a vivir a otra parte de Londres.

Aquello fue un terrible golpe para George Matheson. Después de carios años de intensos sufrimientos y tristezas escribió un poema inmortal titulado: “¡Oh amor que no me dejarás!”. Dice así:


Oh, amor, que no me dejarás,

Descansa mi alma siempre en ti;

Es tuya y Tú la guardarás,

Y en el oceano de tu amor

Más rica al fin será

Oh, gozo, que al buscarme a mí,

Viniste con mortal dolor.

Tras la tormenta el arco vi,

Y ya el mañana, yo lo sé,

Sin lágrimas será.


Se dice, que en los próximos años, cuando ya era ciego, se consolaba entonando aquel antiguo himno de nombre “Cristo me ama”. Aun hoy, sigue siendo de consuelo para nosotros.



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